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Esa voz que se te salió 

Anoche te escuchaste diciéndole a tu hijo la misma frase que juraste no repetir jamás, esa que tu papá o tu mamá te decían y que odiaste durante años. Se te salió sola, sin permiso, y apenas la oíste terminar de salir de tu boca ya estabas sintiendo la culpa subir por el cuerpo. 

Quiero contarte algo sobre esa voz: no la inventaste tú. Cuando la sensación de estrés se apodera de tu cerebro, este no tiene tiempo de crear algo nuevo, así que va a buscar lo que ya conoce de memoria, lo que escuchó mil veces en su propia infancia. Por eso esa frase sale con la misma cadencia, casi con el mismo tono, que la que te dijeron a ti. No la elegiste. La heredaste. 

Y antes de que esa voz saliera, tu cuerpo ya te había avisado. Se te secó la boca. El estómago se te encogió. La voz se te subió de tono sin que la mandaras. El cuerpo siempre da el aviso primero, mucho antes de que la mente alcance a decidir nada. 

Ahora, sobre la culpa que sientes esta mañana, quiero explicarte algo. Cuando hay un incendio forestal, los bomberos no siempre logran apagar el fuego de inmediato. Lo que sí hacen es abrir una franja de tierra despejada, sin nada que se pueda quemar, para que el fuego llegue hasta ahí y no tenga cómo seguir avanzando. A esa franja la llaman cortafuegos. No apaga el incendio, lo detiene ahí, en ese punto, para que no arrase todo lo que sigue. 

Eso fue lo que pasó anoche, aunque no lo sientas así. El fuego llegó hasta ti —te tocó, dijiste la frase que no querías decir— pero no siguió intacto hasta tu hijo, como pasó de tus padres a ti sin que nadie lo detuviera en el camino. Tú fuiste la franja despejada. El punto donde el fuego, aunque quemó, no pudo seguir de largo. 

La próxima vez que sientas la boca seca o el estómago encogido, cierra los ojos. Traga saliva. Aprieta las manos, pero no para golpear nada, solo para notar que ya llegó el aviso. 

Suelta ya lo de anoche. No lo sigas repasando en tu cabeza, dándole vueltas, buscando cómo hubieras podido decirlo distinto. Ya pasó, y darle más vueltas no lo cambia. Lo que sí puedes hacer es una sola cosa, pequeña, hoy: la próxima vez que sientas que la voz se te quiere salir así, ten lista una frase corta para decir en su lugar. Algo tan simple como «dame un momento» te puede servir.  

Esta noche, antes de dormir, entra a su cuarto y dale un beso. La frase ya se dijo, y no se puede devolver. Pero ese beso también se va a quedar grabado, junto a la frase, en la misma memoria.