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Lo que hacen o no los gritos

Le pides a tu hijo de seis años dos veces que recoja los juguetes. A la tercera subes el tono y, sin reclamos ni excusas, los juguetes vuelven a su lugar. Ufff… Funcionó. Y ahí está el lo mejor y lo peor: funcionó. 

Con los hijos grandes pasa algo parecido. Le preguntas a tu hija de veinticinco años, con calma, si ya llamó al médico por ese examen que sigue postergando. Ella cambia de tema. Se lo preguntas otra vez y responde con evasivas. A la tercera, subes el tono, le reclamas, y ella termina cediendo: «ya, ya, lo hago». También funcionó; o eso crees. 

Como hijo, estás lidiando con tus propias ansiedades de la vida adulta y el recordatorio de tu mamá o papá se siente como una fiscalización, cedes y dices «ya lo hago» solo para que dejen de insistir, para comprar un poco de paz.

El grito da resultado inmediato, por eso cuesta tanto dejarlo, sin importar la edad del que tienes al frente. No es que seas débil por seguir gritando, es que produce respuesta rápida: el niño obedece, el adulto cede. Cualquiera preferiría eso a repetir lo mismo tres veces esperando una reacción que tanto necesitas. El grito es el camino corto, y entre tareas pendientes o hijos que ya no viven bajo tu techo, casi siempre gana el camino más práctico. 

Y entonces, ¿Por qué evitar el grito? Trata de pensar en ¿qué pasa en tu casa, o en tus llamadas, cuando pides las cosas sin alzar la voz? Si la respuesta es «nada, no me paran bolas», o «nada, mis papás solo saben criticar», ahí está la pista de lo que en realidad se ha creado entre ustedes.

Porque una cosa es que el pequeño recoja los juguetes o que la hija adulta haga la llamada, y otra muy distinta es que de verdad te escuchen. La primera se consigue en segundos con el tono correcto. La segunda requiere paciencia; porque se construye despacio, casi siempre sin resultados visibles el mismo día, con el riesgo real de que hoy no funcione y tengas que volver a intentarlo mañana, o el mes que viene. 

Piénsalo así: no quieres que hoy, a los gritos, tu hijo levante los juguetes. Quieres que dentro de veinte años, cuando tú ya no estés ahí para alzar la voz, recoja sus cosas, cumpla su palabra y haga lo correcto porque así aprendió a ser, no porque alguien se lo esté exigiendo a los gritos todo el tiempo. 

Entonces… Mi propuesta hoy no es que dejes de gritar de un día para otro. Solo te pido que, en el segundo exacto antes de que se te suba la voz te hagas una pregunta: esto que estoy a punto de hacer, ¿es lo que quiero que se quede en la mente y el corazón de mis hijos o mis hijas, o solo lo hago porque necesito un resultado inmediato? Cómo hijo, no quieres encerrarte en tu cuarto para tener paz; quieres poder contarle a tus padres lo que te pasa sin sentir que vas a ser juzgado.

Te tengo dos invitaciones, la primera es que si esta reflexión te gusto, vengas a la charla ¿Y el manual donde esta? Una conversación honesta entre, padres. madres e hijos en Cali el 6 de agosto https://www.qrboletos.com/event/-y-el-manual-donde-esta-con-alberto-linero-2907.aspx?utm_source=Web&utm_medium=Blog&utm_campaign=Cali y la segunda a que incorpores este ejercicio en tu rutina – Así tienes una herramienta práctica para cuando el mal genio te suba por todo el cuerpo 

Los 3 segundos antes de que se te salga el mal genio 

Imagina que eres una tortuga… que ve pasar todo leeeentamente y vas a vivir estos tres segundos como si el tiempo se hiciera muy lento y tu pudieras verlo. 

  1. El primer segundo: úsalo para darte cuenta si ya subiste los hombros, apretaste la mandíbula, cerraste fuertemente los puños o cualquier otra reacción física que sabes es el preámbulo del grito. ¿Lo habías notado antes? 
  1. El segundo dos: Di para tus adentros qué te está pasando a ti, no qué hizo tu hijo, tu madre, tu hija o tu padre. Ojo, solo en tu mente piensa «estoy a punto de explotar», no digas «él me hizo explotar» o «ella no me hace caso», dite exactamente como te estás sintiendo. 
  1. El segundo tres: Ten lista una frase debajo de la manga, es decir prepara desde ya una frase corta que puedas decir en tono normal, como «dame un minuto» o «hablamos cuando yo esté tranquilo». Úsala en este tercer segundo, antes de que la voz se te vaya sola en un grito. Usa esto para poner distancia del conflicto y analizarlo con cabeza fría.